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La convivencia

Compartir casa, cuando se ha disfrutado de las ventajas de vivir sola, es un gran reto que hay que superar sin morir asfixiada en el intento. Pero si se sobrevive positivamente, manteniendo el amor y la pasión, se convierte en una de las experiencias más enriquecedoras del ser humano.

Está claro, ya nada volverá a ser como antes. Unas cosas desaparecen y otras vienen a ocupar su lugar. Pero eso no es algo negativo, sólo diferente. Lo primero que se resiente cuando se comparte la vida, el lecho y la casa con alguien es la independencia. La libertad de la que se goza en el pisito de soltera resulta altamente perjudicada. No es que desaparezca por completo, simplemente se transforma. Por ejemplo, el entrar y salir sin dar explicaciones a nadie, el dormir fuera de casa cuando se ha hecho tarde, el apuntarse a todas las fiestas y salidas que surgen o el redecorar la casa según el estado de ánimo, son cosas que se podrán seguir realizando… previo pacto conyugal.

Pero esta reducción de autonomía se ve altamente recompensada por los beneficios emocionales que ofrece la vida ‘de dos’. Se acabó eso de no tener a nadie en casa a quien contar el último rumor que corre por la empresa o cotillear sobre el nuevo fichaje familiar. Con la pareja en casa siempre se tendrá a alguien con quien conversar, con quien reír, un hombro en el que llorar o apoyarse en los momentos de bajón, además de un compañero de aventuras y de cama.

Numerosos factores capaces de trasportarnos a un estado de bienestar muy cercano a la utopía de la felicidad. Aprender a compartir Si algo define la convivencia es la palabra ‘compartir’: compartir el espacio, el tiempo, los amigos, la economía… El éxito o fracaso dependerá de cómo se produzca la adaptación a los reajustes que inevitablemente conlleva la vida en pareja.

¿La clave? Una buena comunicación, respeto y mucha paciencia, todo aderezado con una buena dosis de amor y humor.

  • El espacio Si se pasado por la experiencia de vivir sola, compartir el espacio será lo más complicado. Los espacios comunes se convertirán, en el periodo de adaptación, en escenario de los primeros conflictos conyugales. Pero no hay que desesperarse, existen soluciones para todo. Trucos: determina un espacio de la casa para ti, donde poder estar sola cuando lo necesites; convierte el baño en vuestro centro de comunicación y relax; los armarios, mejor independientes, así no tendrás que soportar su desorden o, en su defecto, su excesiva pulcritud; la decoración ha de ser el resultado de una combinación del gusto de ambos para que ninguno os sintáis incómodos.
  • El tiempo Hoy en día disponer de tiempo libre es todo un lujo, por eso es muy importante aprender a administrarlo bien. Trucos: determina un tiempo exclusivo para la pareja (en el que poder comunicarte y compartir hobbies, ilusiones, proyectos, sexo…); por otro lado, no abandones ni a la familia ni a los amigos, te aportarán cosas que están fuera del alcance de tu compañero; por último, reserva unos minutos solo para ti, para reflexionar, mimarte, cultivarte…
  • El dinero El tema monetario siempre es un factor crítico en la pareja, de hecho muchos de los conflictos conyugales se producen por culpa del dinero. Y es que cuando dos personas se unen, lo hacen física, emocional y económicamente. Pero cuando se ha gozado de independencia económica, compartir esta parcela resulta difícil. La solución pasa por abrir una cuenta para gastos comunes, manteniendo a la vez una propia, así no existirán acusaciones en torno a quien gasta o ‘malgasta’ más de los dos. Trucos: es fundamental que trates los temas económicos con naturalidad y transparencia, para evitar malos entendidos; cada vez son más habituales las capitulaciones matrimoniales, una forma de evitar encontronazos entre el amor y el dinero.

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